Mediterranean Dreamhouses

August 2nd, 2007

Horrores de alcoba

Blogged by David in the Uncategorized Category

“Lo que no me gusta de cualquier casa, la que sea, es ir al baño y encontrar la cortina de la ducha cerrada. Me da la sensación de que hay alguien detrás. Por ello, siempre la corro”. “Yo le tengo miedo a mi pieza (habitación en español chileno). Me contaron que en ella murió una persona y nadie desmiente eso. Encima, duermo sola”. “Me imagino a la piba (chica) de la película de terror en el living o arañando la pared de mi cuarto”. “Yo adoro mi vivienda, pero me da miedo que una noche llamen por teléfono y me quieran asustar”. “El pasillo me horroriza, es re oscuro. Siempre cierro la puerta de mi dormitorio”. Y a Usted, ¿qué le atemoriza? ¿Por qué se cobija tiritando de frío bajo su colcha nocturnal?

Desde niños, nuestras casas son testigos mudos, y algo burlones, de nuestros miedos. Recuerdo cuando, de pequeño, dormía una siesta intranquila y perturbada por las figuras que, creía, formaban los pliegues de mis sábanas. Eran monstruos imbatibles y horrorosos. Me sugestionaban cuando yo quería. O aquella vieja leyenda de la puerta que se abre sola. Sigilosamente. Y otros eventos terroríficos que acompañan nuestros primeros años. Ahora pienso cómo se habrán reído de nosotros las habitaciones, cuartos y baños.

Pero en la juventud algo de esto se mantiene. De otra forma no sé cómo explicar la inseguridad cuando camino por mi sala a la medianoche. En la oscuridad. O mi temor nocturno cuando, al parecer, alguien cruza la ventana de mi sala. Y su silueta se disuelve fugazmente en la noche. ¿Será que me sugestiono? ¿Es que no olvido mi susto infantil? Siempre hay elementos de nuestra casa que nos producen desasosiego. Pavor. Ya sea la historia misma de la propiedad, ennegrecida por algún homicidio o hecho funesto, o nuestra desconfianza humana en el lugar, en teoría, más seguro.

No es necesario que la nuestra sea una vivienda embrujada para tiritar de escalofríos cuando un ruido paranormal aterrice en nuestros oídos. Basta que a algún bandido se le ocurra inventar una historia fantasmal para engendrar en nosotros el miedo. Y, acto seguido, salen de nuestras mentes, cual anticuerpos, los mecanismos de defensa más profundos. Algunos bostezamos mientras temblamos. Otros prefieren gritar mil improperios a los seres inexistentes que los perturban. La fuerza de sus voces les da seguridad y les provee la sensación de que pueden controlarse. Cosas humanas.

Tampoco faltan los muchachos intrépidos que intercambian narraciones de terror bajo las almohadas y terminan despertando a todos con sus alaridos guturales (provenientes de la garganta). De alguna forma, los infantes disfrutan el placer de temer. Por ello, las lecturas de suspenso y monstruos gigantes son sus favoritas. Su afición por el dinosaurio colosal del lago Ness, en Escocia, los pasos atemorizantes del ‘Piegrande’ y las calabazas llenas de caramelos negros el Día de las Brujas (Halloween), refuerzan la tesis anterior. Parece ser natural.

Pregúntese, esta noche, qué parte de su casa le causa pavor. Qué objeto, qué estatua, qué presencia lo asusta en su morada. No descanse en el intento. Suerte.

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