INMUEBLE CON ACENTO HOLANDÉS
Las casas mediterráneas tienen un encanto muy especial, cuando uno pasa frente a ellas, se queda admirándolas un buen rato desde la vereda de enfrente. Al menos en mi caso es así, es como si rindiera tributo a estas edificaciones, claro que no a todas, cuántos minutos al día perdería en cada referencia, sería ilógico. Pero hay algunas que sí merecen unos minutos de mi tiempo, por ejemplo hace cuestión de dos meses atrás me quedé embobado en mitad de la acera contemplando uno de estos inmuebles y mayor fue mi sorpresa cuando, por una de esas bromas del destino, pude ingresar a la casa en cuestión y conocer al singular habitante de dicho domicilio. Quisiera compartir esta anécdota no sin antes hacer una breve descripción de la casa mediterránea que vi por dentro y por fuera, considero que es importante porque había un gran contraste entre la fachada y lo que se “tejía” dentro.
Aquel día, domingo, caminaba despreocupadamente por la ciudad, recuerdo que había ido a visitar a un amigo que recién se había mudado, quise darle una sorpresa pero al final, la sorpresa terminó siendo para mí pues nunca di con la dirección que me dio. Di varias vueltas por los alrededores preguntando a los vecinos por el nombre de mi amigo pero nadie me supo dar razón, incluso investigué un poco sobre las casas que estaban en alquiler recientemente pero tuve idénticos resultados. Después de más de una hora dando vueltas sin sentido, decidí regresar a casa a pie, por una nueva ruta, de paso, me familiarizaba con el vecindario. En eso estaba, caminando despacio, cuando me llamó la atención el inmueble que acoté en el primer párrafo de mi artículo. Y debo decir que en primera instancia lo que me llamó la atención fue el cúmulo de hojas de plantas que se agolpaban sobre la pared. Tengan en cuenta que aún no me encontraba de frente a la fachada, sino que llegaba por derecha. Como digo, la gran cantidad de hojas sobresalían unas por encima de otras y sus extremos casi llegaban a mitad de vereda, si una persona con más de metro y ochenta centímetros de estatura pasaba por ahí, se vería obligada a inclinar la cabeza, no por reverencia, sino para evitar chocar con el enramado. Yo iba por la vereda de enfrente y cuando aparecí de frente a la fachada, recién pude ver el por qué de tan particular enramado. Sucede que al pie de tantas plantas había una especie de gruta diminuta en cuyo centro se hallaba la efigie de un Cristo, más precisamente era la representación del Corazón de Jesús. A todo alrededor de dicha gruta, había hermosas flores en tonos violetas, rojos y rosados, dando un complemento magnífico a la fachada de dicho inmueble. En efecto, la pequeña efigie se encontraba a izquierda de la puerta de ingreso, sobre un perfecto jardín con el césped muy bien recortado, casi al ras. La puerta de la casa era de color marrón oscuro y tenía unas incrustaciones de metal al estilo medieval. Un pequeño empedrado sobre el césped servía de camino guía hacia la puerta de ingreso. Hacia el fondo de la casa mediterránea se veían las demás casas, igualmente bellas pero sin ese detalle del inmueble inicial.
Me interese por dicha casa y pensé en cruzar la avenida y ver de cerca los detalles, hice ademán de mirar por izquierda para comprobar si no venían autos por la pista cuando la silueta de una persona me sobresaltó, la tenía casi encima y en línea de colisión directa conmigo. La mente trabaja rápido. Un asaltante u otro distraído –pensé- Pero cuando miré el rostro de la persona, resultó ser mi amigo Juan Pablo. Me tranquilicé. Nos saludamos cálidamente y en seguida le recriminé las pésimas referencias que me había dado para ubicar su nuevo hogar. Él se disculpó diciendo que para él también fue difícil ubicar su propia casa y que apenas se estaba ubicando en el vecindario. Lo que vino a continuación fue aún más sorpresivo. Le comenté a Juan Pablo que me había quedado embobado con la decoración exterior del hogar que ahora teníamos enfrente. “Ahí vive Claudia” me dijo. Me quedé mudo, no conocía nadie con ese nombre, al menos, alguien que viviera allí. “Vamos, te la voy a presentar” me dijo, al parecer las sorpresas no terminaban y decididamente cruzó la avenida, casi sin ver. Hice lo mismo y aceleré tras él.
Ya frente al hermoso domicilio, Juan Pablo tocó el timbre, a los pocos segundos el medieval portón se abría sin crujir y la estancia interior dejaba ver una silueta mediana bastante estilizada. Cuando la silueta salió al frente y los rayos solares matutinos la bañaron, pude observar a una mujer bellísima de rostro redondeado y mejillas coloradas al estilo holandés, sus ojos eran verdes y su cabello rubio apenas llegaba a la altura de su barbilla. Como dije, las sorpresas no habían terminado. “Mi amor, tardaste demasiado” –pronunció “la holandesa”- mientras se abalanzaba sobre los brazos de Juan Pablo. Ya habría tiempo de interrogarlo y de conocer a las amigas de “la holandesa”.
