Mediterranean Dreamhouses

December 17th, 2007

VOLANDO POR LAS ESCALERAS DE LA CASA

Blogged by David in the Uncategorized Category

Hoy en día los inmuebles mediterráneos son una gran ventaja para los padres ya que nuestros hijos pueden jugar seguros dentro de un grato ambiente. Las áreas comunes de estos inmobiliarios están además muy bien decoradas con un color verde muy prominente producto de las plantas que son agrupadas en canaletas y en masetas colgantes. También me gusta mucho ver el pasto que se agrupa entre los adoquines de cemento y que conforman casi toda el área de los estacionamientos de cada uno de los inmuebles. Por dentro de los inmuebles, la historia es similar y los ambientes son bastante cómodos con hogares de más de tres pisos, en algunos casos, bloques de mini edificios con dos departamentos por piso, conforman los hogares mediterráneos actuales. La disposición generalmente es la misma y el primer piso de la casa se destina a las áreas comunes de la familia, quedando el segundo piso casi a exclusividad de las habitaciones de cada uno de los miembros de la familia. Recuerdo que mi casa antigua estaba construida más o menos de igual forma y se podría decir que fue una de las precursoras del modelo de hogar mediterráneo actual. Dentro de mi “parcela” habitaban otras tres familias y los hijos de estas familias eran también mis amigos, juntos compartíamos tanto la escuela como los juegos de fines de semana dentro de nuestro espacio. Siempre nos turnábamos de casa para practicar nuestros juegos y pasábamos muy gratos momentos aunque a los diez años de edad aproximadamente siempre hay imprevistos e inconvenientes dentro de los distintos juegos que se llevan cabo.

 

            Recuerdo que uno de los juegos más divertidos a esa edad, era utilizar la baranda de seguridad de las escaleras como tobogán para deslizarnos. En mi casa, esta maniobra se podía ejecutar muy bien pues el pasa manos siempre estaba muy bien pulido. Éramos un total de cinco chicos los que nos juntábamos a jugar los fines de semana. Generalmente practicábamos este juego simple como haciendo tiempo antes de que alguno de nuestros padres nos llevara al cine en la tarde de los sábados. En una ocasión nos encontrábamos jugando en casa de Felipe. En este caso, la barandilla de su escalera presentaba un pequeño inconveniente pues en su remate había una protuberancia hecha en la misma madera. Sin embargo la técnica estaba dominada pues a poco de llegar al final del tramo, apretábamos los brazos contra el pasa manos para disminuir la velocidad y evitar el encontronazo de la protuberancia con nuestra zona inguinal, lo cual hubiese sido muy doloroso. Luego de esta sencilla operación desmontábamos del pasa manos. Cabe señalar que el deslizamiento siempre lo hacíamos mirando hacia abajo, es decir, de espaldas hacia el tramo final. En una ocasión esto cambió y algo sucedió.

 

            En efecto, en uno de los fines de semana, a mi amigo Armando se le ocurrió efectuar el juego de la resbaladilla pero en posición inversa a la habitual, es decir, mirando de frente hacia el tramo final del pasa manos. Sin duda, la nueva operación requería mayor destreza de nuestra parte y sentí que no iba a poder completar la operación. Sin embargo no podía quedar como un cobarde. Cuando uno es niño, como mínimo tiene que hacer lo que los demás hacen, nunca menos, así que uno a uno fuimos desfilando hacia la nueva prueba. Armando volvió a repetir la operación sin problemas, a continuación fue Felipe, luego Fernando. Era mi turno y me puse en posición, sentí que me iba a ir de bruces sin control, Armando me dijo “Tira la cabeza hacia atrás y cuando sientas que llegas al final la levantas y caes parado”. No tuve más remedio que obedecer y encomendarme a todos los santos para que una desgracia no ocurriese. Solté el cuerpo y me deslicé, miraba el techo correr y cuando sentí que el tramo final estaba cerca, me incorporé y, efectivamente, la inercia hizo el resto despegando mi cuerpo del pasa manos haciéndome aterrizar mansamente sobre los pies. Brinqué de emoción, lo había logrado. Faltaba Ramón. Estaba igual que dubitativo que yo, así que me tocaba a mí darle ánimos. “Es fácil, haz como Armando me lo indicó” le dije. Demoró casi veinte segundos en soltarse pero finalmente lo hizo. Vimos que pasó el punto en que debió incorporarse así que desesperadamente le gritamos “¡Alza la cabeza!”. A menos de un metro del final nos hizo caso y levantó la cabeza. No se si fue la pendiente del pasa manos o lo tardío de la reacción, el hecho es que Ramón salió disparado hacia delante, como si algo lo hubiese frenado en seco. Tuvo tan mala suerte que el pasador de uno de sus zapatos se enredó en uno de los adornos de la parte baja del pasa manos deteniendo su recorrido en seco. Eso, sumado al tardío movimiento de cabeza y la pendiente del pasa manos hizo que su cuerpo saliera disparado hacia delante yendo a estrellarse de lleno sobre la mesa de madera que estaba a unos cuatro metros del final de la escalera de sala. Un estruendo siguió al forzoso aterrizaje y en seguida una sonora carcajada avivó el inmueble. Ramón quedó tirado sin poder moverse con los adornos y el masetero encima de él, además una de sus zapatillas había quedado colgando en las escaleras. Ese día no fuimos al cine sino a la clínica. Ramón perdió tres dientes y la ganas de volver a usar el pasa manos como tobogán.

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